
Madrid en otoño sabe a luz de atardecer. Huele a frío en las entrañas. Madrid en otoño irradia luz con emboque a castañas asadas. Se percibe y roza la piel con sonido de tráfico lejanamente caótico y bullicio en la metrópoli. Madrid en otoño camufla los sentidos y los mezcla. Madrid en otoño se escribe con M de paraíso.
Más si cabe si el otoño se retrasa. El Dios de las borrascas ha colocado sobre la capital española su boina de altas presiones impidiendo que Noviembre se vista con sus mejores y más tradicionales galas. Ha preferido los tonos de Octubre para recubrir la ciudad de temperaturas cálidas y modulaciones en contrastes.
Amarillos, marrones, rojos…todos se funden en una paleta perfecta. El centro del pulmón madrileño se agita con suaves vientos frescos y sol caliente en las mejillas de turistas despistados que dudan sobre cuál es la verdadera alma de Madrid: la del sol típico en el folleto o la del frío mecánico con el que solemos asustar a los que por aquí llegan en estas fechas.
Se avecina la Navidad y como si de un cuerpo viviente se tratase, las calles se erizan y las aceras se tensan. Madrid espera con calma la afluencia de las luces y el furor comercial con el que, un año más, nos dejaremos invadir todos con más o menos pasión, más o menos conciencia. Seguro: todos caeremos. Mientras alcanza el momento, la población huye del calor hogareño al refugio de las frías avenidas y las oscuras plazas. Es nuestra magia. Denominación de origen Madrid. Nos gusta el encuentro con nuestros semejantes sin apenas luz para iluminar los gestos de embobamiento con el que perseguimos nuestros propios pasos.
Vuelos rasantes, pasos ligeros
Llego al Templo de Debob y la percepción de la realidad me engaña. Sólo el ligero y anecdótico viento se hace cronista de la realidad: estamos en una de las estaciones más duras para Madrid, pero no se nota. Gente y más gente se agolpa entre ruinas egipcias con acento cañí, justo en la barandilla que regala postales del Palacio Real bañadas en un cálido sol que reconforta nuestra salud y limpia la mente.
Muere el día y renace la noche con suavidad, como un buen sumiller del instante. Se saborea el atardecer con las papilas visuales inundadas de detalles paradisíacos. Caminante no hay camino, se hace sueño al volar. Vuelo rasante a pie de suelo. Caminar ligero entre el Palacio Real y el Teatro de la Ópera.
Más regalos. Más música y sonidos de niños que no son música, pero lo parecen. Y miradas cómplices entre enamorados que perciben la música como si de su latido del corazón fuese. Quizá lo sea y yo no me haya dado cuenta. Quizá sean ellos los que no distinguen entre uno y otro. Qué más da. Están enamorados y enamoran el paisaje.
Más caminata. Chocolates, churros, castañas y golosinas decoran el pasear tranquilo hasta la puerta del Sol. Los loteros se afanan en gritar que su suerte es mejor que la del competidor que se sienta a su lado. La estatua de Mariblanca sonríe como Venus sorprendida por rutinas que no dejan de impactarnos. La miro y me mira. Yo también sonrío. Y miro a la bola dorada sobre el reloj que mata y gesta años con amargor de uva y precisión suiza. Péndulo gigantesco, silencioso observador hasta el 31 de diciembre, cuando nosotros seamos los observadores y él, el vigilado.
Media vuelta y para casa. El mismo camino, pero a la inversa y con un paquete de calientes frutos secos en la mano. Apenas dos horas soñando con el otoño en Madrid. Estoy confundido. Madrid en otoño se escribe con M de paraíso.





