lunes 23 de noviembre de 2009

Con M de paraíso


Madrid en otoño sabe a luz de atardecer. Huele a frío en las entrañas. Madrid en otoño irradia luz con emboque a castañas asadas. Se percibe y roza la piel con sonido de tráfico lejanamente caótico y bullicio en la metrópoli. Madrid en otoño camufla los sentidos y los mezcla. Madrid en otoño se escribe con M de paraíso.

Más si cabe si el otoño se retrasa. El Dios de las borrascas ha colocado sobre la capital española su boina de altas presiones impidiendo que Noviembre se vista con sus mejores y más tradicionales galas. Ha preferido los tonos de Octubre para recubrir la ciudad de temperaturas cálidas y modulaciones en contrastes.

Amarillos, marrones, rojos…todos se funden en una paleta perfecta. El centro del pulmón madrileño se agita con suaves vientos frescos y sol caliente en las mejillas de turistas despistados que dudan sobre cuál es la verdadera alma de Madrid: la del sol típico en el folleto o la del frío mecánico con el que solemos asustar a los que por aquí llegan en estas fechas.

Se avecina la Navidad y como si de un cuerpo viviente se tratase, las calles se erizan y las aceras se tensan. Madrid espera con calma la afluencia de las luces y el furor comercial con el que, un año más, nos dejaremos invadir todos con más o menos pasión, más o menos conciencia. Seguro: todos caeremos. Mientras alcanza el momento, la población huye del calor hogareño al refugio de las frías avenidas y las oscuras plazas. Es nuestra magia. Denominación de origen Madrid. Nos gusta el encuentro con nuestros semejantes sin apenas luz para iluminar los gestos de embobamiento con el que perseguimos nuestros propios pasos.

Vuelos rasantes, pasos ligeros


Llego al Templo de Debob y la percepción de la realidad me engaña. Sólo el ligero y anecdótico viento se hace cronista de la realidad: estamos en una de las estaciones más duras para Madrid, pero no se nota. Gente y más gente se agolpa entre ruinas egipcias con acento cañí, justo en la barandilla que regala postales del Palacio Real bañadas en un cálido sol que reconforta nuestra salud y limpia la mente.

Muere el día y renace la noche con suavidad, como un buen sumiller del instante. Se saborea el atardecer con las papilas visuales inundadas de detalles paradisíacos. Caminante no hay camino, se hace sueño al volar. Vuelo rasante a pie de suelo. Caminar ligero entre el Palacio Real y el Teatro de la Ópera.

Más regalos. Más música y sonidos de niños que no son música, pero lo parecen. Y miradas cómplices entre enamorados que perciben la música como si de su latido del corazón fuese. Quizá lo sea y yo no me haya dado cuenta. Quizá sean ellos los que no distinguen entre uno y otro. Qué más da. Están enamorados y enamoran el paisaje.

Más caminata. Chocolates, churros, castañas y golosinas decoran el pasear tranquilo hasta la puerta del Sol. Los loteros se afanan en gritar que su suerte es mejor que la del competidor que se sienta a su lado. La estatua de Mariblanca sonríe como Venus sorprendida por rutinas que no dejan de impactarnos. La miro y me mira. Yo también sonrío. Y miro a la bola dorada sobre el reloj que mata y gesta años con amargor de uva y precisión suiza. Péndulo gigantesco, silencioso observador hasta el 31 de diciembre, cuando nosotros seamos los observadores y él, el vigilado.

Media vuelta y para casa. El mismo camino, pero a la inversa y con un paquete de calientes frutos secos en la mano. Apenas dos horas soñando con el otoño en Madrid. Estoy confundido. Madrid en otoño se escribe con M de paraíso.

lunes 16 de noviembre de 2009

La vida y el adulto desvirgado


No doy abasto. Mis últimas semanas se han convertido en un ir y venir de actividad para nada neurótica, para todo intensísima. El “sin prisa, pero sin pausa” se ha disfrazado hasta vestirse con el traje de mi vida. Lo ha hecho sin que apenas me haya dado cuenta. Inconsciente. Como si de un río se tratase, me he dejado llevar por mis circunstancias, aunque a veces dudo de si realmente habré sido yo el que las he arrastrado a ellas.

Sea cosa suya, sea cosa mía, he cambiado. Encontrar un hueco libre en mi agenda es un reto. No es que me sienta mareado o agobiado por mis quehaceres, más bien todo lo contrario: su presencia me espolea. Sin embargo, esto no se parece a nada con lo que me haya topado en mis 27 años de vida. Todo es nuevo. Extraña sensación. No logro clasificarla, evaluarla o percibirla al completo. Es más: me cuesta describirla. Distingo cierta desorientación de dulce regusto. No es lo frecuente en mi caso. Soy experto en excederme, más que en quedarme corto en palabras.

Sí, la vida me está desvirgando en algunos de sus rincones más suculentos.

¡Eureka! He encontrado la manera de explicarlo: el símil sexual lo clava. Como un novato en las artes de la pasión, me siento a veces emocionado, otras tantas confuso. Observarme con pausa alboroza mis sentidos y me regala perspectiva. Un punto de vista con el que saber quién soy hic et nunc: “estoy haciéndome adulto”, repite cualquier amante púber. “Estoy haciéndome adulto”, replica también mi aviesa conciencia.

Sin embargo, como nuestro joven ejemplo, como nuestro novato amante imaginario, la pasión me desborda bajo el paraguas de la duda constante ¿Lo haré bien, lo haré mal? ¿Estará ella (la vida) satisfecha o no? Lapsos en los que la forma se traga al contenido y viceversa. Instantes en los que el placer me aturde. Yo, al igual que nuestro amigo, lo noto. Él, al igual que yo, lo repite: “estoy haciéndome adulto”. Con un matiz abismal entre el personaje imaginario y un servidor: Yo ya había sido adulto y me perdí. Me han desvirgado por segunda vez.

Valor y al toro


Y en todo este proceso, un sueño: durante las últimas semanas mi viaje a Belgrado se había convertido en obsesión que, por repetida y machacada, se instaló en el aparcamiento de las utopías. Parecía que no iba a llegar nunca. Que no dependía de mí. Hasta que tomé conciencia de mi nueva condición de adulto. Está en tu mano, me dije. Valor y al toro. Una petición en el trabajo, vacaciones confirmadas y ¡tachán!: viaje reservado. Tan simple. Tan emocionante. Tan atractivo.

En apenas un mes estaré recorriendo una ciudad cuyas calles me atraen mucho menos que sus personas. Lo mío es la arquitectura vital, no la del hormigón. Vértigo y alborozo. Acabo de estrenar este párrafo y la simple plasmación gramatical de mis deseos me descerraja un disparo al alma. ¿Esto es ser adulto? Supongo que sí. Ser dueño de tus actos y, lo más importante, de tus deseos. Los míos se reducen a uno: vivir. Mejor aún, aprender a vivir.

Es mucho, lo sé, pero, ¿qué queréis?, estoy reconstruyendo mis ambiciones, desvirgándome a cada instante. Lento, pero decidido. Lo bueno que tiene hacerse adulto cuando en realidad ya se ha alcanzado ese estado, es que se la turbación se reduce. Los espasmos del placer se calman y dejan hueco al análisis. Se siente menos, se piensa más.

Y yo, por mucho que lo intente, no dejo de pensar en Belgrado. No dejo de pensar en ella. Me estoy haciendo adulto. La vida me desvirga. No doy abasto.

lunes 26 de octubre de 2009

Majko mila, Tina!!


No recuerdo bien si sucedió en noviembre o en marzo. En 2005 o 2006. Tampoco si fue por la tarde o por la mañana. Maldita memoria. Me hago mayor. Lo que sí recuerdo es que aquel día volví a padecer el aguijonazo de un todavía incipiente ánimo consumista. Siempre es igual. Con aquella webcam sucedió lo mismo. Entré en la ya extinta tienda de PC City en Parquesur desorientado. Movido por la inercia de la curiosidad me enamoré. Piqué. Oferta lujuriosa para mis sentidos más bajos. Más electrónicos. Compré aquel dichoso gadget sin ningún motivo. Tan solo el hedonismo por lo electrónico. No le daría uso. Pasó lo que tenía que pasar: el abandono.

Cubierta de polvo y olvido. Así pasaron los años sobre un dichoso instrumento del que apenas di buena cuenta en un par de ocasiones de las que no estoy muy orgulloso. Hasta el pasado mes de julio. Con los pilares de Real Madrid Radio derrumbándose a ritmo galáctico, volví a dejarme llevar por la inercia de la ya citada curiosidad. Volvió a suceder: me enamoré.

Entre una marabunta de e-mails blancos apunté un par de ellos en mi agenda y los trasladé hasta mi propio mundo. Fusión desvergonzada mezcla de frustración y curiosidad. Como diría Iker Jiménez, quería saber quién estaba al otro lado. Y lo averigüé, aunque, en un primer lugar, no me encontré con la protagonista de esta historia. Otra actriz principal apareció ante mis ojos para descubrirme el camino de una consanguinidad inesperadamente hechizante. Dos por uno señores. Aquello tenía buena pinta.

Cambio a 2.000 kilómetros

Empezaron a pasar los minutos. Las horas y los días. Las semanas. La curiosidad crecía y el tiempo sobraba. La mezcla era ideal, sin bien mi ánimo, no. Pese a ello, nos conocimos como casi nadie conoce a otra persona. Extraño hechizo de lo moderno. A más de 2.000 kilómetros encontré una de esas almas gemelas que tanto abundan en nuestro imaginario colectivo y que, sí, existen. Bendita webcam.

La curiosidad por lo lejano y lo bello, por lo exótico y lo inteligente hizo el resto. Cada día, cada minuto, ansiaba (ansío) saber más sobre mi interlocutora. En otro idioma. Sin más referencia que el aquí y el ahora. Qué más da. Es divertido. Intenso. Apasionante. Mi pobre y desentrenada webcam echaba humo entre improvisaciones.

Mi habitación no es el mejor cubículo para charlas virtuales. Sin luz, ni repisas suficientes, me tuve que inventar, a pasos forzados, mi propio estudio de emisión. Daba igual. Había que mantenerse conectado de cualquier manera. Mi mente lo exigía. Mi corazón lo imploraba. Corrijo: mi mente todavía lo exige. Mi corazón aún lo implora.

Proceso acelerado de impulsos desatados que ha cambiado mi forma de ser y de pensar. Referencia constante de mis reflexiones. Faro para eliminar dudas. Navío al que dar luz cuando más lo necesita. Nada es igual ya. Ni lo será.

El viaje soñado

Mantengo mi vida en un impass adherido al anhelo por lanzarme a la aventura. Viaje a lo desconocido, vuelo a lo inexplorado. Regocijo. Anhelo. Así palpita mi mente, escupiendo sin pausa sentimientos encerrados en palabras incapaces de contener sus significados desbordantes. Incapaces de retener en sus grafías la quimera que representa este nuevo y virgen trayecto internacional, serbio, dulce, frenético e indeterminado.

Sin fecha de partida conocida sólo sé que partiré. Algún día mis maletas se llenarán de certeras incertidumbres y valientes temores que difuminarán hacia no sé qué rumbo cuando tenga, a pocos centímetros de mí, ese par de océanos bálticos o bosques eslavos, según sea la luz. Según emerja el momento. Desconozco si sucederá en noviembre o marzo. En 2009 o en 2012. Por la mañana o por la tarde. Pero sucederá. Volveré sentir un aguijonazo de naturaleza aún desconocida, aunque la intuyo. Qué locura. Majko mila, Tina!!

martes 20 de octubre de 2009

Pretextos para pasarlo bien; excusas


Un viejo amigo solía decirme que, según su particular visión del mundo, no existen las excusas, por un lado, y los motivos, por otro. Su mente amalgamaba todo en una sola clasificación: excusas mejor o peor contadas.

Exageraciones a parte, no le falta razón. Al menos en mi caso. Al menos en este caso.

El libro de estilo del perfecto y eterno retomador de rutinas inconclusas (ya dejaré de fumar, volveré al gimnasio, retomaré mi blog...) obliga a presentar motivos bajo los cuales se guarece los impulsos ante los que deja al lado la citada rutina antes, precisamente, de retomarla de nuevo. Está obligado, en definitiva, a presentar justificaciones de la mejor manera posible, tratando de envolver con papel de regalo la amplia (o quizá no tanto) lista de sucesos que le han hecho pararse en seco.

Culpabilidad razonada que emerge momentos antes de volver, precisamente, a ejecutar lo abandonado.

Tal es mi caso. Debería serlo, afirmo. Porque no pienso engañar a nadie: la mayoría de lo que podría exponer, aquí y ahora, sería un torpe ejercicio de evasivas vacías. Dejé Fogonazos de Realidad a un lado por pereza. Por apatía. Por miedo y por desidia. Carencia de ilusión, falta de argumentos y de perspectivas. Por la presencia de nuevas redes sociales. Por muchas cosas. Por ninguna en concreto. Excusas.

Sin embargo, el gusanillo (capricho púber, en concreto) me ha vuelto a picar. Espoleado por mi propia conciencia he querido obligarme a desentumecer mi músculo escritor (dícese el cerebro) para retomar el entrenamiento de la pluma virtual. Volver a gestar textos gratos para ser leídos, al menos por mí, quizá por nadie. Quizá por todos.

Tranquilos. También he tomado precauciones (eso creo) para regatear errores del pasado y evitar deslices blogeros innecesarios. No habrá abortos virtuales. Llevo el profiláctico mental adosado a mi estilo.

Así pues, rebienvenidos a mi luminosa cueva personal en la red. Sed acogidos de nuevo por los destellos de mi existencia. Sentíos cómodos. Trataré de entreteneros e informaros. Lo de la tercera pata del banco periodístico (formar) lo dejo para los auténticos profesionales de la información. Lo mío es distinto. Una suerte de hobby. Algo con lo que divertirme. Pretextos para pasarlo bien. En definitiva, excusas.

domingo 18 de enero de 2009

Una @ dispensador de alegrías


Hace apenas un año el paro era el argumento en torno al que giraba mi vida. Asfixiante angustia laboral que carcomía mis sentidos y achicaba espacios en mis esperanzas. Una especie de metástasis de espíritu que concluyó afectando a espacios íntimos de mi vida más allá de los relacionados con el mero periodismo.

Situación pasada ante la que, de nuevo, surge la figura contundente de mi abuela y sus chascarrillos "Agua pasada no mueve molino", afirmaba con frecuencia cuando mi cabeza giraba en torno a aquellas cuestiones insolucionables por motivos temporales. Afortunadamente mi panorama mutó, pero en ese arduo camino toqué muchas teclas de lo relacionado con mi profesión.

Preguntas-trampa que invitan al recuerdo

Uno de esos tentáculos de lo vocacional me llevó a varias agencias de comunicación de diversa índole. Me llamaba la atención un campo que, todavía me parece atractivo, pero cuya llamada era más externa a mí de que lo que realmente pedía mi cuerpo. Búsqueda entre lo exótico que dejó una pregunta durante una de aquellas entrevistas de trabajo: "¿Sabes lo que son las redes sociales de Internet?"

Mi respuesta fue contundente. "Ni puta idea". Afortunadamente, este eructo mental no pasó de mi cerebro. Mi boca decidió seguir su propio camino para elaborar un argumento medianamente sólido con el que, afortunadamente también, acertar de pleno describiendo aquello que no sabía describir. En realidad, esa fue una trampa puesta por mi interrogadora. Necesitaba ver cómo salía de un atolladero. Salí de él por la puerta grande. Me ofrecieron el puesto, pero lo rechacé. Las miserias de sueldo no van conmigo.

Aquella pregunta, aquella respuesta, vuelven hoy al primer plano de mi vida gracias a uno de esos espacios donde el concepto "redes sociales de Internet" se ha hecho fuerte. Hace no menos de cinco días descubrí Facebook. Lo hice de pura casualidad, a través de la invitación que me hizo Alma y los comentarios que suele proferir Manu sobre su propio espacio.

Julio Cesar de Internet

Probé. Piqué. Disfruté. Como si de un Julio Cesar del siglo XXI se tratase, en apenas unas horas he conquistado y me he enganchado a un sistema que, aunque de manera virtual, me ha permitido potenciar mi lado social, reencontrarme con viejas amistades y conocer la evolución de vidas que ya daba por perdidas en el horizonte de mi destino.

Saber del Chemi padrazo, volver a charlar con mi compañera Nieves, reecontrarme con el gran Xavi Sidro o disfrutar de las fotos de Bea García, se ha convertido en mi nuevo pequeño vicio diario.

Suerte de inyección moral para mi propia privacidad e intimidad, esa que se alimenta con la necesidad de derrochar afectos entre los que más quiero sin que deba recibir nada a cambio. Amar por amar, porque amando y solo amando se disfruta. Tarea de madurez con una nueva herramienta entre mis manos. La red de redes me tiende su ayuda con la intención de hacerme más feliz. Mi propia @ hecha dispensador de alegrías.